Porfirio Vásquez: El ritmo que no se apaga
La música negra ha dejado una huella profunda en la cultura peruana, convirtiéndose en una de las expresiones más auténticas de identidad y resistencia. Lo afroperuano enriqueció el arte nacional y aportó una sensibilidad distinta, influyendo en la danza, la poesía y la forma misma de celebrar. Es, en esencia, una transformación de dolor en ritmo y de herencia en orgullo.
Porfirio Vásquez Aparicio, “El Patriarca”, fue un hombre que dedicó su vida a lo criollo y a la representación de lo afroperuano. Recordarlo es reconocer que estas tradiciones son un tesoro cultural que merece escenario, aplauso y memoria. Gracias a esa obstinación hermosa que solo tienen los verdaderos artistas, hoy seguimos zapateando, cantando y celebrando un legado que se negó a desaparecer. Fue maestro, creador y, sobre todo, un puente: unió generaciones y ritmos que parecían destinados a desvanecerse con el tiempo.
Su legado musical es amplio: décimas improvisadas, zapateos, festejos y ritmos como el alcatraz, el agua’e nieve y el landó, todos preservados cuando estaban al borde del olvido. Entre sus composiciones destaca “Mi compadre Nicolás”, junto a una variedad de décimas de tono religioso, humorístico y satírico. Además, creó estilos, pasos y estructuras rítmicas que moldearon lo que hoy entendemos como música afroperuana, una huella que sigue viva en músicos, bailarines y cultores. El Perú es más rico cuando abraza todas sus raíces, y sin Porfirio, muchas de las expresiones afroperuanas que celebramos quizá no habrían sobrevivido.
Porfirio hacía fácil lo difícil. Explicaba con gracia, enseñaba con cariño y tenía ese talento de volver cercano lo más complejo. Si había que aprender, con él se aprendía riendo. Su partida dejó un silencio que, irónicamente, sigue sonando, porque cuando un patriarca se va, su música se queda en la memoria de su gente.
Por eso, más que lamentar su muerte, celebramos su vida, al hombre que buscó, guardó, enseñó y compartió; al artista que no dejó que la tradición se apague. Sobre todo, celebramos a Porfirio Vásquez Aparicio, cuyo legado sigue vivo en cada cajón, cada décima y cada corazón que baila un poquito mejor gracias a él.
