Columnas en acción

¿Debo ser yo quien elija?

No fue hace unos días que me senté con mi abuelo a investigar sobre política y candidatos presidenciales. Para mí, ese tipo de temas siempre han sido controversiales y, sobre todo, aburridos. No me molesta decirlo, porque siento que es la realidad de muchos jóvenes como yo que empezarán a votar este año.

Me he mantenido tan informada como alejada de ese asunto, sabiendo que dentro de muy poco me encontraré en algún lugar, haciendo fila con muchos otros extraños, para formar parte de una decisión tan grande como escoger al representante de mi país. Me asusta, aunque no lo crean. Pero aún más me asusta pensar si estoy lo suficientemente lista para tomar una decisión así, en el contexto en el que nos encontramos.

En nuestro país actualmente todo falta. Ahora último se habla del tema del gas, pero prácticamente siempre ha habido huecos que cubrir. Si no era la contaminación, era el maltrato intrafamiliar. Y si no era eso, las violaciones o el acoso tocaban nuestras puertas. Inseguridad ciudadana, bandas criminales, el cobro de cupos, la corrupción tan típica y tantas problemáticas más que uno, de pequeño, no nota o simplemente se le esconden. Hasta que llega un punto en el que ya no puedes ignorarlo y solo queda un arma contra todo esto: informarse.

Y llega un punto en donde crecer da miedo, pero es necesario

Hay un punto en nuestras vidas en el que la ignorancia sabe bien. Un momento en el que el mundo es lindo cuando no sabes nada y, sobre todo, cuando tampoco te exigen saber algo. Solo existes, te mueves y eso es suficiente para las personas a tu alrededor. Hasta que ya no. Soplas la vela a los 18 y eso no solo significa una vida desenfrenada, sino también una vida atada a nuevas responsabilidades. Responsabilidades llenas de decisiones, y esas sí que importan. Esas sí son vistas y, claro, juzgadas.

Cuando por fin pude hablar con mi abuelo de esto, fue extraño. Había tantas cosas que él conocía y otras en las que yo me sentía completamente perdida. Tantos postulantes que resonaban en mi cabeza por su historial familiar polémico, otros que parecían casi un chiste y algunos más con un historial judicial que realmente da de qué hablar. Todos mostrando propuestas serias que prometen hacer de este un lugar mejor.

Mientras tanto, las noticias marcaban que ciertos políticos incluso usaban inteligencia artificial en sus planes de gobierno. Eso solo hacía que mi confusión creciera más y me preguntara: ¿cuál es la salida si no lo es creer?

Estoy de acuerdo: es aburrido. Tantas letras, tantos historiales, tantos perfiles, pero sobre todo, muchas veces promesas vacías. Pero también concuerdo con algo: es peor no conocer al enemigo que imaginar que no existe. Lo peor no es lo que se conoce, sino lo que no. Porque de lo que conocemos esperamos muchas cosas, pero lo desconocido es como un arma que no sabes por dónde disparará. Así de peligroso suena crecer.

Informarse es la voz, leer es lo que necesitamos. Soy fiel creyente de que el saber nos hace no solo más sabios, sino también más fuertes. Nos hace capaces de ver el mundo no solo desde las redes sociales, sino desde algo más real. Informarse puede ser aburrido, sí, pero en un país donde vemos cómo se repite la misma historia una y otra vez —una historia triste—, ignorarlo puede ser aún peor.

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