El peso de la culpa
Escrito por: Fabiola Quevedo Meza
La alarma del teléfono retumbó por toda la habitación. Marcó las 8 a. m. El inicio de mi delirio se había consumado, y para mi débil cuerpo, ya era costumbre. Me senté al borde de la cama, pensando, solo pensando en cuáles serían los siguientes pasos que daría a continuación. De repente, mi cuerpo, como si pudiera vivir sin mis decisiones, se movió solo hacia la cocina y empezó a sacar sobre la mesa diferentes productos. Todos sin distinción, ya los conocía de memoria: avena, huevos, canela y un sobre de manzanilla.
Mi mente, quien se encontraba reaccionando de a pocos, los miró atentamente. De pronto, se olvidó de que era un órgano y se convirtió en una calculadora, analizando cada gramo, porcentaje y caloría de todos los insumos. Luego, cuidadosamente, saqué una pequeña balanza del cajón de la cocina y pesé todo aquello. Debía tener el peso perfecto, pues entonces mi primera comida se convertiría en mi martirio durante los días siguientes. Afortunadamente, el número que mostraba en la pequeña pantalla, era el ideal. Tal y como debía de ser.
Acto seguido, y luego de una larga rutina, me senté en la mesa a desayunar. Sola estaba yo. Yo y mis crueles pensamientos, los cuales me decían que aquellos esfuerzos eran necesarios. Que todo estaba bien, siempre y cuando tuviera el control. Y yo, ciegamente, creí en sus palabras, pues enfrentarla sería una guerra contra mí misma. Y yo, ya estaba cansada de pelear conmigo.
Pasaron largas horas, y mi teléfono, que parecía más un cronograma, lleno de fechas y horas específicas, marcó mi siguiente comida. Eran las 12 p. m., la hora del almuerzo, que para mí era mucho más que una comida: uno de los momentos más drásticos de mi día. La presencia de mi madre, quien se encontraba en ese momento en la cocina, ponía los vellos de mi piel tensos. Ella no entendía. No nos entendía. Y, como siempre, diría algo al respecto sobre cómo me veía o lo muy poco que comía. Pero ninguno de esos comentarios estropearía mi plan. Uno que me había costado toda la noche cranear. Uno que no podía dejar atrás.
Sin embargo, en aquel momento infiltrarse en la cocina me fue imposible y eso solo me ponía más nerviosa que de costumbre. Sorprendentemente ella, quien no había dicho nada durante esas horas, salió de la cocina con las manos llenas de platos de comida. Tendió cada plato en un individual y se sentó con una firmeza que no había visto nunca. Jamás la había visto así. Luego, volteó solo para verme fijamente y, con un tono agrio de escuchar, dijo: “come”.
Esta energía de parte de ella jamás me había causado tanta impotencia, tantas náuseas. No sabía si quedarme parada e irme corriendo, ya que eso era lo que me susurraban mis pies. O quizás escuchar a mi mamá, por el miedo que emanaba en ese momento. Aunque me sentía insegura, escogí la segunda. Me senté con un miedo apoderándose de mi garganta y miré el plato que se encontraba frente a mí. Sí, efectivamente era mucho. La ansiedad, quien toda la mañana no se había molestado en hablarme, empezó a gritarme al oído. No sabía. La primera vez que no sabía cuánto había frente a mí. Los números, los porcentajes, los gramos. No sabía la respuesta. No lo sabía.

Todos empezaron a comer, parecían bestias que jamás habían visto una presa. Y yo, solo los miraba con un evidente asco. Tomé mi cuchara y coloqué un poco de arroz sobre ella. El sudor en mi cuerpo no tardó en aparecer, y la voz que me decía que todo estaba mal no se calló durante todo el almuerzo. Jamás. Jamás podrán entender el sentimiento tan desagradable que me tuve en cada cucharada. Era como si cada bocado se volvieran clavos al momento de pasar por mi garganta. Y mis ojos, que se aguantaban los ríos que querían formar sobre mis mejillas, solo observaban con un enojo incontrolable a mi madre, quien, para la voz en mi cabeza, era la única culpable.
No sé cómo, pero terminé. El plato quedó vacío y reluciente. El rostro de mi mamá mostraba una satisfacción inmutable, y eso me dijo bastante. O por lo menos al parásito que habitaba dentro mío, que no paraba de repetir que ella era el verdadero enemigo. No podía con tanto que pasaba dentro y fuera de mí, así que, a duras penas, me paré de la mesa y fui corriendo a mi habitación.
Me encerré ahí por horas, agitada y ansiosa, porque no sabía qué pasaría después de esto. Mi espejo, que oportunamente me saludó desde la esquina de mi cuarto, me llamaba hacia él. Buscaba algo, y no era bueno. Frente a él, me vi envuelta en un bullying interno, en donde yo era la víctima. En donde yo era, como siempre, a la que maltrataban. Y el espejo, el maldito espejo, reflejaba mis más oscuras pesadillas: una imagen imperfecta.
Las horas pasaron, horas en donde me había introducido en un sueño profundo. El cansancio y la anemia se hicieron presentes toda esa tarde, y me levanté por un golpe instantáneo al pecho de la cama. Eran las 7 p. m., y aunque sentía un agujero en el pecho, decidí ignorarlo. Esta vez no me traicionaría a mí misma. Internet, mi fiel aliada, me ayudaría a distraer mi mente de este sentimiento pasajero. Y cuando entré a TikTok, millones de videos de gente hegemónica, delgada y visiblemente “perfecta” estaban en la pantalla. Ellos no lo sabían, pero siempre me recordaban lo miserable que era y lo mucho que me faltaba para, al fin, ser tan perfecta como ellos. Lo necesitaba. Lo anhelaba más que nada.
Tan solo tres minutos se volvieron tres horas en esa aplicación. Mi casa en esos momentos era un lugar oscuro y silencioso. Todos, al parecer, se habían quedado dormidos. Y para mí, saber eso, era como un sueño. Así que, sigilosamente, salí de la cama, me dirigí al baño y me encerré con llave. Mis ojos se veían cansados, mi cuerpo lo sentía tan pesado y mi mente solo gritaba una frase: “estás gorda”. Poco a poco, las lágrimas no aguantaron y, entre gotas, se hicieron presentes, y un odio frenético hizo que mis manos quitaran cada prenda que adornaba mi cuerpo. Y allí estaba yo, frente a mí, mirando cada detalle y defecto de mi silueta, odiándola como si ella me hubiera hecho algo y deseando que algún día se fuera para siempre. No la quería aquí. No, no la quería dentro de mí. La odiaba.
Se hicieron las 11 p. m. sin creerlo, y al entrar a mi cuarto, la vibra que emanaba aquel lugar en el que escondía mis más oscuros pensamientos me abrazaba como cada noche. Cerré la puerta con llave, me puse la pijama que estaba al lado de la cama y, con los ojos llorosos pero esperanzados, mi cabeza tocó la almohada. El día estaba terminando, pero mi mente aún seguía despierta, y yo solo sobrevivía. Jamás se callaría. Pero yo ya estaba lista, porque esto era algo de todos los días. Esto era mi vida. Y al día siguiente, el peso de la culpa que me acompañaba como mi fiel amiga, se haría presente de nuevo.
