El invierno que llamé amor
No odio tus silencios,
ni las veces que me dejaste sola
sosteniendo una relación que se caía a pedazos.
No odio las promesas rotas,
ni la forma en que aprendí a conformarme
con migajas que llamé amor.
Te amé
Te amé con esa clase de amor
que no sabe retirarse a tiempo,
que confunde resistencia con lealtad,
que convierte las heridas en pruebas
y el sufrimiento en una forma de entregar.
Por eso no te odio. A quien no logro perdonar
es a la mujer que fui contigo..
A la que recogía los pedazos de sí misma
para seguir construyéndote un hogar.
A la que lloraba por las noches
y estaba convencida
de que amar era luchar.
Me duele recordarla.
Porque sé
que sé que fueron mis manos
las que cavaron mi tumba.
Con cada excusa que inventé para salvarte.
Con cada límite que borré, cada vez que elegí comprenderte
antes que protegerme.
Yo cavé.
Palabra tras palabra, creyendo que el amor era suficiente
para sobrevivir debajo de la tierra asfixiante.
Y cuando tuve el valor de salir de entre los escombros,
miré mi reflejo
y no reconocí a la persona que quedó.
Había perdido demasiadas cosas.
La confianza, calma.
La capacidad de creer en mis propias señales.
No pude evitar preguntarme:
¿Qué hice mal? Pero ya conocía la respuesta.
Acepté menos de lo que merecía.
Llamé amor a lo que me rompía, paciencia a mi miedo de irme.
Llamé esperanza a una tristeza
que se había instalado para quedarse.
Sabía la respuesta y me duele decirlo en voz alta:
Hoy ya no te extraño a ti.
Extraño a la persona que alguna vez fuí.
Y lloro por ella.
Por la mujer que creyó
que si amaba lo suficiente,
algún día sería amada de la misma forma.
Ojalá pudiera abrazarla.
Decirle que el amor no se demuestra
sangrando en silencio.
Que quedarse no siempre es valentía.
Que a veces la mayor prueba de amor propio
es marcharse.
Ahora sé que es vivir con la cicatriz
de haber participado
en mi propia destrucción.
Escrito por: Minelly Reyes
