Crónicas en acción

El día de un trabajador

Llega el 1° de mayo. En el calendario se marca como un feriado nacional, una pausa simbólica para homenajear a quienes sostienen el mundo con el peso de su esfuerzo diario: los trabajadores. Pero no todos descansan. Para muchos, el Día del Trabajador es un día más de trabajo.

El día empieza temprano. La ciudad aún duerme cuando la alarma suena con su timbre implacable. No hay tiempo para pensarlo. El cuerpo, cansado, se despierta apenas y responde al deber. Hay quienes se levantan mientras otros apenas se acuestan. En ese silencio y oscuridad de la madrugada, se preparan desayunos rápidos, se revisan las herramientas de trabajo, se da el último repaso a la ropa limpia, y se sale a pasos fugaces con prisa y fluidez.

“Trabajar un feriado vale la pena”, se repiten algunos, más como consuelo que como verdad. Saben que mientras trabajan, otros celebran. Pero también saben que el deber, el compromiso o la necesidad no entienden de fechas. Muchos no pueden parar. Son los que hacen que todo funcione, incluso cuando el país descansa, aún quedan cosas por hacer.

En las calles, el tráfico es menos estresante, pero igual de desafiante. Se camina más de lo habitual porque el transporte escasea. El tiempo, enemigo constante del obrero, sigue apurando los pasos. Nadie quiere llegar tarde, nadie quiere perder una hora, un descuento, un día. Porque en cada jornada se juega algo más que el salario: la estabilidad, la esperanza, la posibilidad de llevar algo más a casa.

Y así se llega al trabajo. Un lugar que hoy no tiene globos, ni aplausos, ni discursos. Solo una jornada más. Las manos hacen lo mismo de siempre, las voces repiten las mismas frases, los pies siguen su ruta como si fuera cualquier día. Pero no lo es. Hoy, en silencio, se recuerda que cada esfuerzo tiene historia. Que cada trabajador carga con una mochila invisible: deudas, sueños, hijos, estudios truncos, proyectos de vida.

En un hospital, una técnica de enfermería atiende con cuidado a un paciente. En un mercado, una vendedora acomoda tomates con la precisión de quien lo ha hecho mil veces. En una fábrica, un obrero ajusta tornillos sin saber que hoy es su día. En un restaurante, una cocinera trabaja como todos los días, sin pausa. Y en una abrir y cerrar de ojos, el día se empieza a terminar, aunque la labor nunca tiene fin.

Ya casi cerrando la jornada, algunos conversan. “¿Hoy es el Día del Trabajador, ¿no?”, pregunta uno. “Sí, pero nosotros seguimos trabajando”. Y sueltan una risa breve, cómplice, que demuestra la tristeza que llevan dentro. No hay descanso, pero sí ganas de salir adelante, en este país que cada vez se vuelve más difícil el poder mantenerse.

A veces no hay ni un «gracias», pero el homenaje está en el ejemplo. En los hijos que admiran a su madre que limpia casas. En los jóvenes que respetan al padre que conduce un bus desde hace 30 años. En la dignidad de quien no se rinde, aunque el cuerpo duela.

Hoy, en silencio, el país sigue andando. Y lo hace sobre los hombros de sus trabajadores. Porque mientras unos celebran, otros sostienen. Y eso también es motivo de orgullo.

Por: Brenda Urtecho