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Un papa con alma peruana

Cuando se asomó por el balcón y agradeció a los fieles que lo acompañaron allá, en la ciudad de Chiclayo, supimos que, desde ahora, el Perú resonaría en cada rincón del mundo. Robert Prevost, ahora mejor conocido como León XIV, no era un papa de Roma: era uno con alma peruana. Sus ojos, que miraban con ternura a cada creyente, revelaban el espíritu andino que latía en su corazón.

Aunque para muchos fue una sorpresa, Prevost no tuvo conexión alguna con la cultura peruana hasta años después. Nació en Chicago, Estados Unidos, y sus antepasados ​​no venían precisamente del sur. Hijo de madre española y padre estadounidense, vivió gran parte de su vida en tierras norteamericanas, preparándose como estudiante en el Seminario Menor de los Padres Agustinos. Hasta que, un día, tuvo que dejar todo eso atrás para aventurarse en tierras desconocidas, como si se tratara de un ave migrando hacia bosques inexplorados.

Un extranjero que encontró su hogar en Perú

Tras su paso por Roma, como director de vocaciones y de misiones de la provincia agustiniana «Madre del Buen Consejo» en Illinois, Prevost fue enviado a una gran misión en la provincia de Trujillo, en Perú. Allí asumió el cargo de director del proyecto de formación conjunta para aspirantes agustinos en los Vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac. Con apenas 33 años de edad, y aunque años después se nacionaliza en nuestro país, él se aventuró sin conocer nuestras costumbres ni nuestras raíces. Dejó de lado los miedos y lo conocido para, con todo el amor del mundo, abrazar al pueblo peruano.

Sus años en Perú fueron descritos como “años en los que se desvivía por ayudar a las personas”. Sin embargo, fueron tiempos arduos y llenos de esfuerzo, en los que, además de servir a nuestra nación, se convirtió en un hombre multifacético. En 1987 ejerció como párroco, docente de seminario, prefecto de estudios, juez eclesiástico y miembro del consejo consultivo de la diócesis de Trujillo, además de encabezar el seminario agustino de esa ciudad durante una década. Muchas tareas para una sola persona. Pero él no era una persona cualquiera, sino alguien que amaba tanto lo que hacía, que no le importaba no tener tiempo ni para sí mismo. Él quería paz, irradiaba amor y respiraba un Perú profundo.

En el año 2014, Prevost fue obispo de Chiclayo, un cargo en el que permaneció hasta su traslado al Vaticano en el año 2023. Luego, el papa Francisco lo invitaría a Roma para asumir como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, que lideró hasta el pasado jueves. 

El nuevo líder con corazón de los Andes

Hoy, con un cargo completamente diferente a lo que esperaba cuando llegó al Perú, muchos lo ven como “el nuevo papa” o “el reemplazo de Francisco”. Sin embargo, para los peruanos, jamás lo verán de esta manera. El papa León XIV es ahora un símbolo de paz, con corazón andino. Muy agradecido con la comunidad chiclayana, fue el primero en acogernos con dulces palabras y ahora lo vemos como un papa, que viste de un Perú entero. Y nosotros, quienes nos caracterizamos por nuestras costumbres devotas, no podríamos estar más orgullosos de verlo vestir nuestras raíces.

 

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