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Cayetano Heredia: Un soñador del ayer

Hoy, 11 de junio, se conmemora el fallecimiento de «el padre de la medicina peruana moderna», el reconocido doctor Cayetano Heredia.

Aunque no muchos lo saben, él no siempre estuvo rodeado de ciencia, fórmulas y bisturís. De hecho, ni siquiera tenía permitido soñar con ello.

Nació en 1797, en Catacaos, Piura. En ese tiempo, aunque su corazón era tan pequeño que aún no vibraba por algo en específico, su entorno fue clave para decidir, con el pasar de los años, a qué dedicaría su tiempo, toda su vida. Como era común en esa época, su familia lo encaminó hacia el sacerdocio, algo muy bien visto en la sociedad. La reputación lo era todo por esos años y, aunque la idea era fascinante para muchos, para Heredia era más un deber que un deseo.

Así que, sin más rodeos, a la edad de tan solo 16 años, llegó a Lima desde Piura y entró al Seminario de Santo Toribio, uno de los centros de formación religiosa más importantes del virreinato. Sus padres, quienes esperaban este momento más que nadie, tenían altas expectativas de que terminara siendo un clérigo respetado. Y mientras tanto, Heredia solo deseaba no arruinarlo y mantenerse enfocado. Debía hacerlo. 

1814 fue un año intenso para Heredia, lleno de libros, aprendizaje y, sobre todo, millones de reglas por recordar. Aunque la Iglesia representaba paz, no siempre era como la pintaban. Había mucho por aprender acerca de la palabra de Dios pero, él no estaba tan interesado en ello. Durante el seminario, empezó a leer más allá de lo permitido. Mostró un fascinante interés por la ciencia, por todo lo que contenía y todo lo que, al final de un largo proceso, comprobaba.

Y la medicina, pese a ser tan compleja, le resultaba maravillosa. Fue como amor a primera vista. No se limitaba solo con la doctrina religiosa: él quería conocer más allá. Su curiosidad por el cuerpo humano, las enfermedades que amenazaban a la humanidad y nuestra anatomía hacía que su mente desarrollando millones de preguntas —aún sin respuesta— por segundo. Quería conocer el mundo. Quería ayudarnos. Solo que de una forma diferente. Su corazón, esa vibra que jamás había salido a relucir, estaba empezando a dar sus primeros brincos. Y él solo podía dejarlo ser.

El año 1817 asomó sus dudas por la ventana. Él ya no podía cegarse a sí mismo. No podía hacer como si no pasara nada dentro suyo. Se sentía incómodo. No con la gente del seminario, mucho menos con la religión. Al fin y al cabo, esta siempre estaría presente en su vida y en la de quienes lo rodean. Además, si no fuera por esto, jamás habría descubierto lo que hacía vibrar cada parte de su cuerpo. Él estaba incómodo con la idea de que se dedicaría a ella toda su vida, sabiendo que cada fibra de su cuerpo gritaba amor y lealtad hacia la medicina. Miró a su alrededor: un panorama que requería su ayuda.

Las calles, llenas de personas que caminaban con bacterias que ni sabían que poseían, y las epidemias que amenazaban a cada generación de aparecer con fuerza y llevarse unas cuantas millones de vidas. En ese preciso instante, se dio cuenta de que su vida no estaba en el altar, sino en el arte de curar. Pero, aunque una voz dentro suyo había tomado ya su decisión, de pronto la pasión se volvió miedo.

¿Qué dirían sus padres de esta decisión? Pero aún peor, ¿qué diría la gente al enterarse que rechazó una carrera eclesiástica solo por ser un simple doctor? No lo conocían; muchos tenían la intención de hacerlo. Pero seguro lo juzgarían, como si aquellos hubieran sido sus compinches de años. Dejar como carrera la religión implicaba algo más importante que solo seguir sus sueños. Tendría que vivir con las miradas y murmullos del pueblo, el rechazo de la sociedad y, por sobre todas las cosas, la decepción de sus padres. Una carga emocional que quizás cargaría por muchos años. Solo por seguir sus sueños. 

En 1819, Heredia decide tomar la decisión de su vida, la cual es abandonar una vida llena de fe y sumergirse en el campo de la salud. Abandona definitivamente el seminario y se inscribe en el Colegio de Medicina de San Fernando, la institución más prestigiosa del Perú republicano para la formación médica. Este paso tan grande marcó su ruptura oficial con el camino religioso que le habría traído mucha conciencia en este ámbito que muy pocos conocen, pero que, sobre todo, lo había impulsado a descubrir el camino que deseaba recorrer para siempre. Y este era: el convertirse en el mejor médico. 

No fue rebeldía, mucho menos traición. Fue amor hacia lo que mueve el cuerpo, hacia lo que aviva el corazón. Y gracias a este amor, pudimos ver florecer al médico que marcaría un antes y un después en la medicina peruana. Pero, sobre todo, vimos a alguien que, a pesar de escuchar una idea repetida por la sociedad, decidio cambiar la conversacion y soñar despierto. Y ese fue Cayetano Heredia.


Escrito por Fabiola Quevedo.

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