Crónicas en acciónEspeciales

Soy gay ¿Y que?

Cada que un destello se asoma por encima de mi larga cabellera, me llegan a la memoria recuerdos fugaces de una niñez no tan amada, de una en donde sentía que cada vértebra de mi cuerpo imploraba que la escuchara, que imploraba poder decir que nada era lo que se aparentaba.

Para un pequeño de tan sólo 10 años de edad, pensar que el ser niño simplemente no era lo suyo era, sencillamente, algo que no debía consumarse. Algo Que nunca debía ser real.

Mis recuerdos se sitúan en un salón de clase y una campana que retumbaba en cada rincón. Niños corriendo por todas partes y un Alex que se encontraba en un rincón del aula, observando entre todos al niño que robaba cada uno de sus suspiros. Y no, no me molesta admitirlo.

Aquella vez no recordaba sentir tanto alivio como ahora, pero sí un miedo que amenazaba con explotar algún día. No sabía por qué lo miraba tanto, mucho menos por qué sonreía cuando él lo hacía, pero recuerdo exactamente el sentimiento más dulce cuando sus ojos se encontraban con los míos y una sonrisa que confundía aún más a mi dependiente corazón.

A mitad de mañana, el recreo me trajo un hambre insaciable, así que decidí hacer algo al respecto: salí a comprar algo de comer y a estirar, de paso, un poco mis pies dormidos. Cuando llegué al kiosco de mi escuela, recuerdo escuchar voces fuertes y burlonas detrás de mis hombros. De pronto, el dolor en el estómago por hambre se volvió uno en el pecho.

Los niños acostumbraban a ser burlones con todo el mundo. Conmigo parecían descargar algún tipo de mochila imaginaria que llevaban todos los días a clase, una llena de odio. Sin voltear completamente, podía sentir miradas que estaban atentas a cada movimiento de mi cuerpo, incluso de mis respiros constantes. Ellos olían mi miedo, y les gustaba saber que sus presencias lo causaban.

Mi valentía fue más grande que aquello que me decía en mi interior: “No te muevas”. Volteé todo mi cuerpo sin pensarlo y estuve frente a una muchedumbre de chicos, todos de mi edad, gritando la palabra que, aunque tenía la esperanza de que no mencionaran, dijeron de todas formas. Ya era costumbre en ellos hacerme tan pequeño como quisieran.

“Terrible, me encontré con uno de esos, decían, mientras en mi cara se reían hasta del aire que respiraba. Sus rostros, que parecían resplandecer una alegría innata, poco a poco se convirtieron en muecas de asco. Sentían asco de mí, de que estuviera al lado de ellos, de que existiera.

Y yo, tan cansado de la misma rutina de odio por parte de mis compañeros, no sabía cómo salir de ahí e intentar sobrevivir a la vida que me tocó. Y lo peor es que no entendía el porqué de tanto alboroto. O no lo quería ver.

Era más fácil hacer como si no sintiera lo que sentía, ¿verdad?

Uno de ellos dio ligeros pasos hacia mí y me miró fijamente. Su cara tenía un tono tan frío, como si él fuera una divinidad caída del cielo. Y yo, a quien debían juzgar por haber cometido el pecado más grande de todos: el haber nacido.

“Si te gusta eso, vete a otro lado con lo tuyo”, dijo susurrándome al rostro. Sus ojos ya no me miraban con odio; parecía que aquellos me tenían pena. Como si no fuera suficiente el sentir lástima por mí mismo, para que otros lo hicieran.

Aquellas palabras quedaron marcadas en mi mente durante toda la clase. No por los insultos, ya que siempre estuve acostumbrado a ellos desde que tengo memoria. Jamás me pregunté si me gustaba ser lo que tanto decían de mí, de lo que tanto me tachaban con sus amargas carcajadas. Pero, aún peor, jamás creí verme enredado en pensar que todo aquello que decían de mí era cierto. Que era real.

Toda mi vida hasta ese momento se basó en vivir dentro de un cruel bucle, lleno de maltratos sólo por ser diferente. Pero ¿diferente cómo? ¿diferente por qué? ¿a quién? Sobre todas las dudas que me invadían en ese momento: ¿quién era yo?

Salir de clase fue distinto. Mi mente, con mil preguntas sin respuesta; mi cuerpo, sin poder dejar de vibrar; y mi corazón, a ese pobre al que le debía tanto por reprimirlo, por callarlo, por hacerle creer que lo que tenía que decirme no era necesario.

Lástima, estaba tan equivocado.

Aquel día, mientras salía de clase, vi mi vida con un panorama distinto, uno en donde no callaba a la voz que me hablaba; uno en donde empezaba a escucharla y a pedirle que me contara más, que me dijera quién era y qué estuve escondiendo tanto por miedo. Uno en donde quizás no lloraba en baños, sino sonreía alrededor de gente que me entendía y me quería por lo que era.

Parecía lejano, como un sueño, pero la realidad, mi realidad, había tocado la puerta nuevamente y me preguntaba si podía pasar, si era bienvenida. Y yo, mirándola con ojos llorosos y llenos de miedo, pero con el corazón latiendo más fuerte que nunca, le dije que sí. Me ahogaba de miedo, pero ya no había vuelta atrás. Este era yo. Este era Alex. Y aunque el futuro se veía aterrador para mí, decidí hacerle frente en vez de esconderlo. Porque prefería mil veces tomarlo y vivir sin dolores en el pecho que dejarlo ir junto al pedazo más importante de mí.

Así que, si alguien pregunta: soy gay. ¿Y qué?

 

Escrito por Fabiola Quevedo.

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