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Lolo Fernández: Hasta que el corazón diga basta

Era una tarde de invierno, pero se sentía la presencia del calor. Agosto tenía todas las intenciones de terminar con broche de oro y no era para menos, ya que en unos minutos estaba a punto de empezar uno de los partidos más importantes del campeonato peruano de fútbol. Esa tarde del año 1953 sería el último partido del talentoso goleador Teodoro Fernández, mejor conocido como “Lolo”.

Las tribunas lo sabían, sería una tarde legendaria con las más de 40 mil personas que se calculaban, una multitud inmensa para esa época. Las gradas lucían divididas en franjas de colores: crema por un lado, blanquiazul por el otro. Estos bandos se tenían ganas desde hace tiempo, pero eso no iba a opacar el gran momento de Lolo.

Antes de que sonara el primer pitazo, ya se escuchaban los gritos ensordecedores de los hinchas que, aunque estaban separados por barras, entonaban al unísono el canto de cada aficionado.

Alianza Lima vs. Universitario de Deportes, una guerra que iniciaría en… 3,2,1… ¡YA!

Estaba por empezar el primer tiempo y Lolo no quería perder la oportunidad de brillar. Así que, con un pase cruzado y unos cuantos movimientos inesperados para el equipo contrario, marcó el 1-0 con un potente disparo, celebrando con el brazo al cielo mientras la tribuna rugía. Era el primer gol del partido y, claro, no sería el único.

La energía en el estadio desbordaba por cada pared que rodeaba esa cancha, y apenas pasaron unos cuantos minutos del primer gol. Sin embargo, el público aún coreaba su nombre como si no hubiera un mañana. En el rostro de sus compañeros se notaba la emoción de compartir esos últimos minutos de gloria con quien había sido su guía, su capitán, su ídolo.

Alianza intentaba reaccionar, presionando con fuerza y buscando el empate, pero Lolo, con su temple de siempre, bajaba hasta el medio campo para alentar a los suyos y ordenar el juego. Cada toque suyo al balón levantaba a los hinchas de sus asientos, como si supieran que cada jugada podía ser la última pincelada de su carrera.

Entonces, luego de unos minutos de taquicardia en el pecho: un pase filtrado, una carrera corta y, sin pensarlo, un zurdazo que estremeció las redes. 2-0. El estadio explotó. Pero, sobre todo, estalló el bando de la «U». ¿Quién lo creería? Lolo lo estaba haciendo de nuevo y, aunque cada gota de sudor reflejaba sus años en la cancha, no había perdido el toque.

Pero, como todo en la vida, el fútbol es impredecible. Alianza Lima estaba siendo subestimado y no quería dar su brazo a torcer. Apenas había iniciado el segundo tiempo, un fugaz contragolpe que sorprendió a la defensa crema: Óscar Gómez Sánchez, quien usó los pies con inteligencia, definió con frialdad el 2-1 contra Universitario y, con ello, encendió una esperanza en el corazón blanquiazul.

Claro, no quedó ahí. La tensión estaba por los suelos, y Alianza estaba empilado por esa remontada que estaba a punto de darse. Cornelio Heredia, delantero nato y ágil, cazó con elegancia el balón y, con un remate cruzado, logró el 2-2. Las tribunas se sacudieron, y por un breve instante, la idea de un final feliz para la hinchada crema parecía desmoronarse.

Pero esta hinchada no iba a permitir que la despedida de su más grande ídolo terminara de esta forma. Una jugada colectiva, llena de pasión, terminó en los pies del jugador más oportuno de la U, Juan Castro, quien marcó el 3-2 y devolvió el alma a los hinchas.

Y entonces, como si el destino hubiera pisado ese césped en aquel entonces, apareció él una vez más: nuestro querido Lolo. Recibió el balón como todo un campeón, lo acomodó como si sus pies ya lo conocieran y soltó un zurdazo que hizo temblar las redes. 4-2. Este último gol fue ensordecedor, como si aquellas voces movieran aquel balón, como si la energía de aquella cancha iluminara el alma del jugador.

Lolo, con la alegría iluminando su corazón, levantó los brazos, y por un instante, se sintió un bucle de tiempo entre él y uno de los momentos más preciados de su vida. Los hinchas de ambos equipos lo aplaudieron. Sabían que lo que estaban presenciando no era cualquier partido. Era una despedida legendaria. Un parpadeo breve en donde no existían colores ni rivalidades, solo un «gracias» infinito. Era el adiós de un ídolo, pero también el nacimiento de una leyenda que recordaremos hasta el final de nuestros días.

Hoy, más de siete décadas después, Universitario vuelve a escribir historia. El club de Lolo, aquel que él defendió con el alma, acaba de consagrarse tricampeón del fútbol peruano, convirtiéndose en el primero en lograrlo dos veces. Y así, cada nueva copa que levanta la “U” parece resonar con aquel último zurdazo de 1953.

Redactado por Fabiola Quevedo.

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