Columnas en acciónEspeciales

El deseo del poder tiene nombre: Groenlandia

Cada día queremos poseer más. Y eso, en cierto modo, Estados Unidos lo refleja a la perfección y sin ningún temor de por medio. Porque si hablamos de Groenlandia, tenemos que hablar también de Donald Trump y su deseo de obtenerlo todo, sin importar el costo. 

Durante una audiencia en el Congreso, el Secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, respondió con un simple «Por ahora» al ser cuestionado sobre si reconocía que Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca. Esta frase solo fue el inicio para desatar la indignación europea. Y es que no estamos hablando de un error de lenguaje. Sino de una expresión que desnuda una amenaza velada.

Esta obsesión de Washington con la isla ártica ha existido por mucho tiempo. Pero son muy pocos los que conocen el porqué de la terquedad del presidente estadounidense, de controlar estas tierras.

Y es que sí, es evidente en este caso el neoimperialismo y cómo es que se hace presente en este siglo. Ya que tanto Trump como su equipo en cuestión, no ven el mundo como un lugar para vivir, sino como tierras que explotar. El lente de los bienes raíces está instalado en sus ojos, y como se sabe, Groenlandia es un país que posee reservas de “tierras raras”, que más bien son 17 minerales químicos (como el neodimio, el disprosio o el lantano) que se encuentran debajo del hielo de Groenlandia.

Estos materiales resultan fundamentales al momento de fabricar la tecnología que conocemos hoy en día. Con aplicaciones que abarcan desde la industria de los autos eléctricos y los dispositivos móviles hasta el desarrollo de tecnología militar avanzada. Desde una lógica estratégica, quien controle estos recursos tendrá una ventaja significativa en el desarrollo tecnológico y geopolítico del futuro. Por ello, Groenlandia se ha convertido en una pieza clave dentro de la competencia global por el poder.

Ahora, no podemos dejar de lado la sutileza que se ha ido perdiendo con el tiempo, al dar un mensaje o respuesta política. Durante la historia, las potencias mundiales cuidaban mucho las formas de comunicarse en medios e incluso, fuera de ellos. Sin embargo, nos encontramos en un escenario muy diferente. Uno que amenaza la soberanía de un país como si nada. Y amenazarla de una forma tan abierta destruye la confianza global. Esto solo nos plantea una pregunta: si EE.UU. puede intimidar a un país europeo rico, ¿qué le espera al resto de naciones del mundo?

Este tipo de dinámicas también se reflejan en un contexto global donde la imagen de los Estados juega un papel muy importante. En escenarios de alta exposición mediática, como los eventos deportivos globales, los países suelen proyectar cooperación y amabilidad hacia el exterior.

Ya no hay dos caras de la moneda, solo hay una. Y es que en estas fechas, el Mundial de Fútbol suele ser el escenario perfecto para que los países hagan el lavado necesario a su imagen. Sin embargo, mientras los estadios se preparan para una fiesta de compañerismo global, Washington ejerce presión política a sus propios invitados, amenazando la soberanía territorial de Dinamarca. La sutileza ya no existe damas y caballeros, tanto así que ya ni se molestan en ocultar el garrote político detrás de la pelota.

El mundo está cambiando y sí que da miedo. La ambición y el poder siempre lo da. Pero es justo en estos casos en donde la comunidad internacional debe poner un alto. Hoy es Groenlandia bajo la excusa de la «seguridad nacional», pero mañana podría ser cualquier otra región rica en recursos, incluso las nuestras. El Ártico no necesita un dueño; necesita respeto a sus leyes y a su gente. Respeto que, si no se defiende, se irá perdiendo como el hielo que cubre aquella isla.

Escrito por: Fabiola Quevedo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *