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Francisco: el papa de los pobres y los marginados

Su vida fue un testimonio de humildad y compasión, donde luchó incansablemente por los olvidados de la sociedad, demostrando que la verdadera riqueza está en el corazón y en el servicio a los más necesitados.

Las campanas de San Pedro sonaron el 13 de abril de 2025, anunciando un deceso que parecía susurrado por Dios. Cada campanada era un abrazo extendido al cielo, y al mismo tiempo, un eco de vacío en el corazón de aquellos que Bergoglio tocó y transformó. Hoy, el mundo entero llora, no solo por su partida, sino por las heridas abiertas que deja su ausencia, la ausencia de un hombre que eligió caminar descalzo sobre las piedras ásperas de la humanidad.

Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, el pastor que vino «del fin del mundo», partió hacia el encuentro con el Rey de Reyes, al que tanto amó y representó en los rostros y corazones de los pobres, de los marginados y los olvidados por la sociedad. Con cada gesto, palabra y acción, les demostró que la fe y el amor de Dios son capaces de transformar vidas enteras, devolviendo la esperanza donde parecía extinguida.

Desde aquel 13 de marzo de 2013, cuando apareció en el majestuoso balcón de la Basílica de San Pedro, dejando atrás toda pompa, Francisco pidió a la multitud que rezara por él antes de brindar su bendición. En ese momento, dejó claro que su papado sería diferente, y con gran humildad, pronunció lo siguiente: «Como me gustaría una iglesia pobre para los pobres». No era un lema común, ni una promesa vacía que cualquier persona pudiera decir; era su proyecto de vida, el reflejo de su ser, de su compromiso y de su visión radical con la palabra de Dios.

A lo largo de sus años como papa, Francisco sembró un evangelio vivo, abrazando a niños con enfermedades raras, lavando los pies a los presos en las cárceles, pidiendo perdón por los pecados de la iglesia y defendiendo a los más apartados con la humildad de un profeta y el amor de un padre. Durante la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en 2013, dijo una frase que dejaría huella imborrable durante toda su misión: «No tengan miedo de hacer lío». Y el «lío» que él alentaba no era un caos sin propósito, era uno que aclamaba justicia; un desorden necesario que desafiaba el statu quo para colocar a los más pobres como prioridad.

En 2015, con la publicación de su encíclica Laudato Si’, Francisco alzó la voz en defensa de la «casa común», recordando al mundo que los pobres son siempre las primeras víctimas durante un desastre ambiental, por lo que, durante su conferencia advirtió que «todo está conectado». Estas palabras resonaron como un relámpago atravesando los cielos, oyéndose más allá de los templos, credos y fronteras, tocando las fibras más profundas de la conciencia humana.

Javier Cercas, en su libro El loco de Dios en el fin del mundo, describió a Francisco como «el loco hermoso que creyó que la ternura podía salvar el mundo». En algo tenía razón, Bergoglio estaba loco; pero loco de fe, de compasión, de esperanza en un tiempo marcado por la indiferencia y la guerra. Con cada gesto, quería enseñarnos que la verdadera grandeza no reside en el poder, sino en la humildad, y que a través de ella podemos demostrar los buenos seres humanos que somos en realidad.

Durante la pandemia de 2020, bajo la gran lluvia que caía en una Plaza de San Pedro que estaba vacía y doliente, elevó una oración solitaria que nos recordó con voz firme que «nadie se salva solo», enseñándonos que ni el amor ni la esperanza pueden ser confinados. Con su sotana blanca manchada de polvo y misericordia, Francisco nunca dejó de luchar por los excluidos: abrió caminos para los indígenas, para las mujeres dentro de la iglesia, para los ancianos ignorados por la modernidad, y para los jóvenes que clamaban por un mundo más justo.

En su viaje a Irak en 2021, desafió el miedo y el peligro para predicar el perdón, proclamando que «la fraternidad es más fuerte que el fratricidio» desde las ruinas de Ur, cuna de civilizaciones. Los expertos en historia eclesiástica como Massimo Faggioli, coinciden en que Francisco logró algo que parecía imposible a lo largo de la historia: «Transformó la imagen del papado en un símbolo de solidaridad humana, y no de poder».

Hoy en día, mientras su cuerpo descansa en la sobriedad de su ataúd en la Casa Santa Marta, las multitudes no solo lloran por su desgarradora partida, lloran porque Francisco fue, y siempre será, el papa de los pobres y de los marginados, aquel que nos enseñó que la verdadera riqueza no se guarda en nuestros bolsillos, sino que es la que florece en lo más profundo de nuestras almas.

Escrito por: Angie Alex Quero

 

One thought on “Francisco: el papa de los pobres y los marginados

  • Que hermoso final, ESTA CRÓNICA ES ESPECTACULAR! 🤍

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