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Mermelada

La muerte se enamoró de la vida.

Perdón si me sentiste ausente.

Yo sé que quizás no te fui suficiente.

No te serví como lo hacía siempre.

Ahora que ya no estás, todo es diferente.

 

Es irónico saber que amabas la vida.

Cada destello de sol era pura energía para tu pelaje, aunque te quemase y te hiriese.

Cada ronroneo por muestras de cariño, cada maullido rogando mimos.

Amabas la vida, pero la muerte se enamoró de ti.

 

Te observó de cerca y esperó, persiguiéndote silenciosamente.

Se fijó en ti porque tenías algo que le fascinaba: tu delicado movimiento,

tu caos, tu intensidad, tu fragilidad, tu vida.

 

Y aquí es donde me pongo a pensar: la muerte «se enamoró» de tu vida

porque poseías algo que ella jamás podrá tener: tu latido.

Y quizás tu vida necesitaba de la muerte para recordar

que cada instante tenía un valor irrepetible.

 

Y ahora que ya no estás con nosotros, y duela mucho,

espero que descanses en el cielo, porque no te fuiste en vacío ni en silencio.

La muerte esperó hasta que dejases huella, vida y herencia.

Porque no hay vida sin pérdidas, ni crecimiento sin despedidas.

 

La muerte se enamoró de tu vida y tu vida…

simplemente se entregó a la muerte.

 

Escrito por: Leila Saquiray

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