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Entre banderas y libertad: una tarde en la Marcha del Orgullo

El tráfico parecía no tener fin. Eran las 4:40 de la tarde cuando el vehículo en el que viajaba desde Habich permanecía detenido entre una larga fila de autos. La Marcha del Orgullo había comenzado a las tres de la tarde y esperar significaba perderme gran parte de la experiencia. Decidí bajar del carro y caminar hasta alcanzarla. Conforme me acercaba a la Plaza San Martín, el ruido de los motores fue reemplazado por música electrónica, banderas multicolores y cientos de personas que avanzaban cantando y bailando.

El cielo permanecía nublado y el frío limeño desaparecía entre la multitud. Había personas maquilladas con colores brillantes, otras lucían disfraces llamativos y muchas sostenían carteles o banderas del arcoíris que se movían al ritmo del viento y de la música. Entre la multitud era común ver parejas del mismo sexo caminando tomadas de la mano o deteniéndose unos segundos para besarse sin preocuparse por las miradas ajenas. 

Lo que más llamó mi atención fue encontrar familias completas participando del recorrido: padres acompañando a sus hijos adolescentes, niños pequeños observando con curiosidad todo lo que ocurría e incluso perros paseaban junto a sus dueños. A medida que avanzaba, comprendía que la marcha reunía a personas muy distintas entre sí y que esa diversidad contrastaba con muchos de los prejuicios que suelen existir sobre este tipo de eventos.

Mientras caminaba, comprendí que lo más evidente no eran los colores ni la música, sino la libertad con la que las personas se expresaban. Nadie parecía preocuparse por las miradas ajenas. Confieso que ver tantas muestras públicas de afecto entre parejas del mismo sexo me sorprendió más de lo que esperaba, probablemente por la educación conservadora con la que crecí. Sin embargo, entendí que para quienes participaban aquello significaba poder mostrarse tal como son.

No todo era celebración. A ambos lados de la avenida, numerosos comerciantes aprovechaban la gran cantidad de asistentes para ofrecer bebidas, golosinas y cigarrillos. Mientras unos compraban para seguir el recorrido, otros fumaban entre la multitud. El humo del tabaco y de la marihuana se mezclaba con el aire frío de la tarde y, por momentos, hacía pesado el ambiente. Caminar tampoco era sencillo: la cantidad de personas obligaba a avanzar lentamente, deteniéndose cada pocos metros hasta encontrar nuevamente espacio para seguir.

Los carros alegóricos eran el centro de las miradas. Desde lo alto, grupos de personas bailaban y cantaban sin detenerse, animando a quienes caminaban detrás de ellos. Algunos llevaban a influencers conocidos dentro de la comunidad LGBTQ+, quienes saludaban al público mientras este respondía con gritos y aplausos. Otros pertenecían a marcas de preservativos que aprovechaban el momento para promover el cuidado de la salud sexual. Cada cierto tiempo, sus promotores lanzaban condones y abanicos temáticos que eran recibidos con entusiasmo por quienes estiraban los brazos para alcanzarlos.

La caminata solo se interrumpió cuando un pequeño grupo de personas intentó enfrentar a los participantes. Durante unos diez minutos, los carros alegóricos permanecieron detenidos mientras los asistentes respondían con el grito de «¡Fuera mierda, fuera mierda!». La rápida intervención de la Policía evitó que el incidente pasara a mayores y, poco después, la música volvió a sonar como si nada hubiera ocurrido.

Cuando la marcha comenzó a terminar, el ambiente fue cambiando poco a poco. Muchas personas emprendían el regreso a sus casas, mientras otras hacían una última parada en los puestos de comida ambulante. Solo para comer un broaster, unos anticuchos o incluso probar comida coreana antes de volver a la rutina.

Yo también me dirigía al paradero cuando escuché a un grupo de jóvenes gritar desesperadamente que acababan de robar un celular. La multitud impidió que el presunto ladrón escapara y varias personas lo retuvieron mientras intentaban recuperar el teléfono. Apenas unos metros más adelante vi otra escena completamente distinta: una joven permanecía inclinada al borde de la vereda, vomitando después de haber consumido demasiado alcohol. Aquellas imágenes contrastan con la alegría que había acompañado gran parte del recorrido y recordaban que, como en cualquier evento masivo, también ocurren situaciones desafortunadas.

Aquella tarde comprendí que la Marcha del Orgullo es mucho más que una celebración. Entre la música, los colores y la alegría también existen problemas propios de cualquier evento masivo. Sin embargo, percibí que para miles de personas representa un espacio donde pueden expresarse sin miedo a que otras personas los juzguen. En un país tan conservador como el Perú, esa búsqueda de visibilidad y respeto explica por qué, miles de personas vuelven a llenar las calles con banderas y libertad.

Escrito por: Christian Contreras

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