Ni una menos: un país que sigue contando ausencias
La violencia contra la mujer no es una tragedia aislada ni un problema de “algunos países”: es una emergencia que mata a cientos de miles cada año. Según un informe reciente de ONU Mujeres y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), en 2024 cerca de 50 000 mujeres y niñas fueron asesinadas por sus parejas o familiares, casi una mujer muerta cada diez minutos. En el Perú, entre 2015 y 2024, el país registró 1 345 feminicidios, una cifra que no solo refleja la magnitud del problema, sino también la urgencia de enfrentarlo. Más allá del número, son vidas arrebatadas, historias apagadas y familias que jamás volverán a ser las mismas.
Según investigaciones de la Defensoría del Pueblo, en el Perú, la violencia no ha cesado. Al contrario, solo en los primeros seis meses del presente año se registraron 78 feminicidios, un incremento del 11.4 % respecto al mismo periodo del año anterior, cuando se contabilizaron 70. Este aumento evidencia que, pese a los esfuerzos institucionales, el problema sigue evolucionando y agravándose.
Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que no nació como simple formalidad, sino como un acto de memoria y resistencia. Se rememora el cruel asesinato de las hermanas Mirabal en 1960, activistas dominicanas que enfrentaron la dictadura de Rafael Trujillo. Su lucha y su muerte nos recuerdan que la violencia de género no es un fenómeno reciente, sino un sistema que silencia vidas desde hace décadas. Sin embargo, también simbolizan el poder transformador de la resistencia, incluso cuando esta parece imposible.
Asimismo, esto se convierte en una realidad que muchos prefieren ignorar: la violencia contra la mujer sigue siendo uno de los problemas sociales más persistentes del mundo. No se trata solo de feminicidios; incluye violencia psicológica, sexual, patrimonial y económica que afecta a millones de mujeres en todos los estratos sociales. Aunque existen avances en muchos aspectos, como la concientización, las normativas y los canales de denuncia, aún no es suficiente.
No solo es un recuerdo vacío, sino un llamado urgente a replantear nuestra realidad, fortaleciendo la educación con enfoque de género, promoviendo campañas permanentes de prevención y asegurando que las denuncias no se queden impunes en un escritorio. Erradicar la violencia requiere la implicación de toda la sociedad, porque cada mujer asesinada es una advertencia de que aún falta demasiado por hacer. La lucha continúa porque la vida de cada mujer importa, y ninguna debería convertirse en una cifra más.
